En tiempos donde el poder se queda sin figuras propias, recurre a los muertos. Y cuando las ideas no alcanzan, se reescriben. El caso de Gabriela Mistral, hoy instrumentalizada por el progresismo identitario, es un ejemplo alarmante. Bajo la excusa de “visibilización”, se impone una lectura que responde más al deseo de quienes gobiernan que a la verdad de la propia autora. Su vida, compleja, contradictoria y profundamente libre, es hoy reducida a una consigna.
El Ministerio de la Mujer anunció que destacará su “lesbianismo” como parte del homenaje a los 80 años de su Premio Nobel. No su obra pedagógica. No su pensamiento místico. No su crítica feroz a la educación estatal. Solo su supuesta orientación sexual, que ella misma negó en vida, calificándola de “injuria”.
¿Y si hubiera querido decirlo?
Gabriela Mistral no era una figura temerosa. Fue madre sin parir, poeta sin academia, diplomática sin partido. Si hubiera querido declarar un amor homoerótico, lo habría hecho con la misma fuerza con que denunció la injusticia, defendió la infancia y se enfrentó a los sistemas. Pero no lo hizo. Porque no quiso.
La correspondencia con Doris Dana revela una intimidad profunda, pero no prueba una relación romántica en el sentido moderno. Leerla con los lentes del siglo XXI es un error metodológico: el lenguaje afectivo de su época era simbólicamente más amplio, sin necesidad de ser sexual o identitario.
Encerrar a Mistral en una etiqueta es silenciarla
Reducir a Gabriela Mistral a su sexualidad no solo es injusto: es funcional. La izquierda actual no quiere que descubramos a la verdadera Gabriela, porque no encaja. Una mujer libre, espiritual, crítica del feminismo de élite, enemiga del marxismo y del colectivismo pedagógico es una amenaza para el relato ideológico dominante.
“El feminismo europeo ha olvidado a la mujer del pueblo. Yo no quiero derechos vacíos; quiero deberes verdaderos.”
– Gabriela Mistral
No es una frase menor. Es un manifiesto. Gabriela no veía con buenos ojos a las feministas de salón. Y habría sido implacable con las banderas vacías que hoy se agitan sin contenido.
El Problema que veo, es que buscan silenciarla, porque les sería oposición
Si Gabriela Mistral viviera hoy, por la mera lectura de sus conferencias, cartas, notas y cantidad de testimonios escritos de su puño y letra, estoy más que convencido que sería una opositora a todos estos niños burgueses, irresponsables y añorantes de derechos sin deberes. Es que sin lugar a duda miraría a la ministra Orellana y la tacharía de una niña burguesa, que desconoce a la mujer a la chilena, la complejidad de ella y su nivel de desafíos reales, no los acomodaticios buscando tener una posición en la política tal como sus ancestros o esperando que papi les deje tomar el control de la empresa.
Estaría más ocupada en entender a la mujer de barrio, la que se levanta a las 5 AM para ir buscar cupo en el CESFAM. A la que a las 6 AM esta preparando el desayuno para el niño, la que a las 8 AM esta usando sus manos para producir y buscar el pan para su familia, después para ella. Esa mujer que ve a su hijo como la mayor bendición del mundo, su motor, su más preciado tesoro. No de esas que tanto hablan de las “apendicitis” de otros, mientras las han practicado y saben de ellas porque en su mundo burgués es así.
No Mistral, estaría con esas mujeres, que a pesar de que ven una nube negra al saber que van a ser mamá, saber que la ruda o la partera podría hacerles el trabajo, con la fuerza indomable de esta tierra, traen a luz a hijos para que cambien el mundo, porque ven a su hijo, al nieto, al sobrino como la esperanza de hacer de esta tierra un lugar mejor.
Estaría con la mujer trabajadora, que se saca la mugre por sacar adelante a su familia, esa mujer que no lucha por competir con su marido, sino que trabaja a la par. Por proteger la institución del matrimonio, como una fuente inagotable de alegrías, con sus pesares, temores, diatribas. Pero que es la fuente inconmensurable de paz, refugio del espíritu de esta tierra llamada Chile. Por eso creo que es la quieren silenciar. Quieren relegarla a un estado meramente de consignas, porque si ella hoy estuviera sería contrarios a los principios de los que se dicen progresistas siguen.
Y basta simplemente abrir sus escritos para entenderlos, y sin nombrarlos de manera taxativa querido lector quiero llevarte a comprender porque buscan encasillar a esta mujer de espíritu indómito como el alma profunda de esta tierra.
Contra el Estado Educador
Mistral no solo fue una poeta inmensa o una pedagoga premiada. Fue, por sobre todo, una pensadora radical en el sentido más profundo: atacó las estructuras desde sus fundamentos morales. Y si hubo una idea que combatió con lucidez, pasión y consecuencia fue la del Estado Educador. No porque fuera enemiga de la educación pública, sino porque desconfiaba profundamente del uso del Estado como aparato de formación de conciencias. Para ella, educar era una función espiritual, no política.
“El Estado no tiene alma; no puede darla. Solo puede imponer moldes. Y yo no quiero moldes: quiero fuego.”
(Conferencias Pedagógicas, 1935)
La frase no es decorativa ni simbólica. Resume su reacción visceral ante el intento del poder de reemplazar la vocación con burocracia, la libertad del maestro con programación estatal. Mistral creía que la educación debía partir del alma, del vínculo humano, no de un programa homogéneo impuesto desde los ministerios. Por eso escribió:
“El maestro debe ser un pastor de almas, no un distribuidor de fórmulas. […] El día que la educación sea solo instrucción, habremos perdido al hombre.”
(Notas de Pedagogía, 1930)
Su crítica no era técnica, era espiritual. Veía con angustia cómo los gobiernos comenzaban a usar la escuela como herramienta de ingeniería social, pretendiendo “formar ciudadanos” no desde la ética sino desde la ideología. Anticipó el peligro de una educación estatal sin alma: una educación que “no ve personas, sino estadísticas”. Y lo dijo claramente:
“Los sistemas pasan, pero el niño queda. El Estado no educa: administra. Y donde administra demasiado, asfixia.”
(Carta a Pedro Aguirre Cerda, 1941)
Para Gabriela, el maestro era un profeta, no un funcionario. La función docente no podía subordinarse al vaivén de partidos, ni al cálculo electoral, ni al diseño ministerial. Debía ser libre, moralmente responsable, y profundamente humano. Lo repetía con énfasis:
“No hay reforma educativa que valga si no se reforma el corazón del maestro. Y el corazón no se reforma por decreto.”
(Ensayo sobre la Escuela Nueva, 1932)
Su desconfianza del Estado Educador era total. No porque idealizara al individuo, sino porque sabía que el Estado busca moldear, uniformar, dirigir, mientras que la educación verdadera consiste en liberar, descubrir, elevar. Es más: consideraba que una educación estatal sin alma podía volverse un vehículo de dominación más eficaz que la represión. Escribió:
“No hay tiranía más sutil que la que entra por la escuela. […] No hay servidumbre más profunda que la que nace sin saberlo, desde el pupitre.”
(Cuadernos de México, 1946)
Hoy, cuando los gobiernos levantan la bandera de la “educación pública, gratuita y de calidad” como un mantra inapelable, Gabriela Mistral estaría entre las pocas voces disidentes con argumentos éticos de fondo. Porque para ella, la calidad no se mide en infraestructura ni en currículo técnico, sino en profundidad espiritual.
Y esa profundidad, el Estado no puede darla. Por eso Gabriela, hoy les he peligrosa, por eso hoy quieren relegarla a algo completamente superficial.
Si viviera hoy, Mistral sería una opositora frontal de los proyectos educativos basados en el adoctrinamiento ideológico, la pedagogía sin alma y la falsa neutralidad de los programas de Estado. Porque lo entendió antes que muchos: el maestro no es un engranaje. Es un fuego. Y los fuegos no se legislan.
No sería Feminista, sería Libre
Gabriela Mistral es, sin duda, una de las voces femeninas más potentes del siglo XX. Pero fue también una voz radicalmente ajena a los moldes del feminismo burgués y doctrinario que empezaba a instalarse en Europa y América Latina durante su tiempo. Su visión de la mujer no se construyó desde los salones ni los congresos ilustrados, sino desde el polvo de las escuelas rurales, la pobreza de los valles, la angustia de las madres solas, la dignidad callada de las campesinas. Por eso su crítica al feminismo como movimiento institucionalizado, ideológico y elitista fue constante, aguda y profundamente ética.
“El feminismo europeo ha olvidado a la mujer del pueblo. Yo no quiero derechos vacíos; quiero deberes verdaderos.”
(La Mujer y la Educación, 1938)
Con esa frase, Mistral dinamitaba la lógica liberal-burguesa del feminismo de su época, al que veía preocupado por “los derechos de la mujer universitaria, no de la mujer que cría hijos en el fogón”. Para ella, el verdadero problema de la condición femenina no era la igualdad formal ante la ley, sino la invisibilidad de la mujer real: la que trabaja, la que sirve, la que cuida, la que ama y no reclama.
Gabriela Mistral nunca se llamó a sí misma feminista. Y cuando se le preguntaba, respondía con ironía o desdén. No porque negara la importancia de dignificar a la mujer, sino porque no creía en la forma en que el feminismo proponía hacerlo. En una carta a un diplomático francés, fue categórica:
“No he sentido jamás la necesidad de gritar que soy mujer. Lo soy en mis actos, en mi dolor y en mi ternura. No necesito que una asamblea lo ratifique.”
(Carta a Jean Lescure, 1947)
Esa distancia era coherente con toda su obra. Mistral no reclamaba poder, reclamaba sentido. No pedía cuotas, pedía conciencia. Y eso la pone hoy en las antípodas del feminismo identitario, que reduce la causa de la mujer a un marcador de género y a una consigna política.
Gabriela veía en muchas feministas una ceguera voluntaria: hablaban de igualdad en los cafés de París o Buenos Aires, pero no sabían lo que significaba criar un hijo sola en una choza andina, ni trabajar en el campo a los 12 años, ni parir sin asistencia. Esa es la mujer que le importaba a Mistral. Por eso dijo:
“De la mujer campesina nadie habla. La mujer que no alza la voz, que no sabe escribir, que no sabe pedir. Esa es mi hermana.”
(Cuadernos de Elqui, 1936)
Mistral no solo se alejaba del feminismo elitista: también lo veía como un desvío espiritual, un error antropológico. Consideraba que muchas de sus representantes confundían libertad con privilegio, y lucha con histeria ideológica. Su defensa de la mujer partía de otra raíz: la maternidad como acto creador, el trabajo como dignidad, el sufrimiento como conocimiento del alma.
Gabriela Mistral frente al marxismo y al colectivismo: el alma no se planifica
De todos los intentos contemporáneos por apropiarse simbólicamente de Gabriela Mistral, quizás el más absurdo es el que busca vincularla al imaginario progresista de izquierda. Nada más alejado de su pensamiento. Mistral fue profundamente antimarxista, anticolectivista y crítica tenaz de cualquier sistema que pretendiera suprimir al individuo en nombre de un proyecto político totalizante.
No lo decía con estridencia ideológica, sino con una lucidez moral que nace de la experiencia y del alma. Gabriela vivió en contacto con el sufrimiento humano real, no con los dogmas de los manuales. Por eso, cuando hablaba de comunismo, de socialismo de Estado o de colectivismo, lo hacía desde una convicción ética: el hombre, el niño, la madre, el campesino no son engranajes. Son personas. Y la persona no puede ser sacrificada al altar de ninguna doctrina.
“He visto el alma del hombre desfigurada por sistemas que lo niegan como persona. Y eso no lo acepto.”
(Carta a Pedro Aguirre Cerda, 1941)
No es una frase aislada. A lo largo de sus escritos, Gabriela insistió en que todo sistema que reduce al ser humano a una pieza de engranaje histórico —sea en nombre de la revolución o del progreso— es una traición a lo esencial. La historia, para Mistral, debía servir a la persona, no al revés.
Crítica al comunismo soviético
Gabriela Mistral observó con atención y creciente decepción la deriva totalitaria del proyecto soviético. Lo que en un principio pudo parecer un intento de justicia social terminó, a sus ojos, en una maquinaria de represión espiritual. En cartas a colegas europeos, expresó su desconcierto ante la “mística hueca del materialismo histórico”, y rechazó el culto al Estado como redentor. En una misiva a un educador catalán exiliado, escribió:
“El comunismo que niega el alma, termina por negarlo todo. La escuela soviética instruye, pero no forma. Produce obediencia, pero no virtud.”
(Carta a E. Torres, 1943)
Esta afirmación es demoledora: no ataca solo al régimen soviético, sino al corazón filosófico del marxismo, que Mistral consideraba una doctrina sin trascendencia, sin piedad, sin lugar para el alma. Y eso, para ella, era imperdonable.
Contra el estatismo y el colectivismo educativo
La desconfianza de Mistral hacia los sistemas colectivistas también se expresó en su visión educativa. Temía que el Estado, bajo la excusa de igualdad, terminara moldeando ciudadanos obedientes en lugar de personas libres. Veía con sospecha cualquier intento de “planificación del espíritu”, y afirmaba:
“No se puede nacionalizar el alma. No hay plan quinquenal para el dolor ni programa político para el amor.”
(Discursos Educativos, 1936)
Hoy, esa frase resuena como una advertencia profética. Frente a un progresismo que pretende homogeneizar la educación, la cultura y el lenguaje bajo criterios ideológicos, Gabriela Mistral representa una resistencia radical. Ella no creía en la igualdad impuesta, sino en la dignidad descubierta.
No servía a doctrinas: servía al alma
Gabriela no fue una liberal doctrinaria, ni una reaccionaria nostálgica. Fue una mujer ética. Crítica del capitalismo salvaje, sí, pero también del socialismo ciego. Desconfiaba del poder, viniera de donde viniera. En uno de sus ensayos más personales escribió:
“El alma no es ni de izquierda ni de derecha. Es alma, y eso basta. Y el que no lo entienda, no entiende nada.”
(Esbozos para una Ética, 1944)
Esa claridad —rotunda, innegociable— es lo que incomoda al relato actual. Porque Gabriela no cabe en el binarismo político. No podía ser ícono de partido. Por eso es tan peligrosa para quienes, desde la izquierda, hoy intentan colocar su nombre al servicio de causas que ella jamás abrazó.
Una voz que no se deja usar
Gabriela Mistral no militaba en doctrinas, militaba en el alma. Defendía al individuo, no a la masa. A la conciencia, no a la consigna. Y por eso su obra hoy es más subversiva que nunca. Porque se resiste a ser usada, se resiste a ser encasillada, se resiste a ser alineada.
Frente a un gobierno que se declara “más a la izquierda que el Partido Comunista”, Gabriela Mistral no habría sido ícono ni aliada. Habría sido oposición. Una oposición profunda, ética, inquebrantable. Porque sabía que la libertad no se decreta: se defiende.
La verdadera Gabriela: fuego que no se deja extinguir
Gabriela Mistral no fue feminista en los términos modernos. No fue activista LGBT. No fue revolucionaria de partido. Fue mucho más incómoda que todo eso. Fue libre. Fue una mujer que eligió no pertenecer, porque sabía que pertenecer a un sistema es la forma más elegante de dejar de ser uno mismo.
Fue mística, sí. Pero no de altar. Mística del sufrimiento. Mística del niño descalzo, de la madre sin consuelo, del maestro solitario en la escuela rural. Fue política en el sentido profundo: no por levantar banderas, sino porque luchó por el alma humana cuando todo intentaba reducirla a estadística, ideología o mercancía.
“No soy de izquierda ni de derecha, y cada vez tengo menos ganas de ser de algún lado. La libertad no se grita: se vive.”
(Carta a Eduardo Barrios, 1949)
Esa frase, que hoy molesta a tantos, no es ambigua, es radical. Es una declaración de guerra contra todos los intentos de captura ideológica, de apropiación doctrinaria, de alineamiento forzoso.
Y sin embargo, los intentos de apropiarse de su figura no cesan. Porque Gabriela incomoda. Y lo que incomoda, se intenta domesticar. O al menos, neutralizar. El progresismo actual —con su manía de repartir etiquetas como si fueran medallas— no puede aceptar una figura como la suya. Una mujer que no pedía poder, sino sentido. Que no pedía privilegios, sino deberes. Que no encajaba. Porque no quería encajar.
“Lo que el alma pide no es igualdad: es compasión. […] No necesito derechos: necesito que no me olviden.”
(Notas dispersas sobre la mujer, 1937)
¿Y qué hace el poder cuando no puede capturar una voz? La resignifica. Le pone otro nombre. Otro discurso. La arrastra hacia la agenda del día, la vuelve parte de su relato. La despoja de su verdad para volverla útil.
Y esto es parte del modo de operar del progresismo actual: apropiarse de todo lo que suene noble, aunque no le pertenezca. Slogans, frases, símbolos, hasta muertos. Basta leer columnas recientes como las de Giorgio Jackson, donde el gobierno se atribuye “todo lo bueno” de los últimos 30 años, incluyendo políticas que combatieron con fiereza cuando estaban en la vereda del frente.
Con Mistral hacen lo mismo. La quieren convertir en ícono LGBT, en feminista de ministerio, en referente del Estado educador, cuando fue exactamente lo contrario. Pero si el gobierno realmente quisiera homenajear a Gabriela Mistral, no tendría que resignificarla. Tendría que leerla.
Que publiquen sus obras completas. Que enseñen sus ideas sobre la maternidad no como rol de género, sino como experiencia espiritual fundante. Que discutan su pedagogía, no como receta curricular, sino como encuentro entre almas. Que lean su crítica al marxismo, a la burocracia, al vacío moral del poder.
“Yo no quiero una mujer fuerte como el hombre: quiero una mujer entera. Que sepa llorar, que sepa amar, que sepa sufrir y no se avergüence.”
(Esbozo de mujer americana, 1945)
Usar a Mistral como bandera es la forma más elegante de traicionarla. Y si no tienen el coraje de decir lo que ella dijo, al menos tengan la decencia de no hacerle decir lo que nunca dijo.
Pero en el fondo lo sabemos: no quieren homenajearla, quieren neutralizarla. Quieren convertirla en parte de su relato, para que no quede fuera de él. Porque fuera, brilla demasiado.
Y sin embargo, mientras exista quien la lea, quien se deje herir por su palabra, quien abrace sus versos como llama viva, Gabriela seguirá siendo esa fuerza que resiste a todo lo que intente doblegar al ser humano. Seguirá cuidando al niño, a la mujer real, al maestro vocacional, desde su poesía y su ética.
“Mi alma no ha querido obedecer. Es por eso que soy, es por eso que escribo.”
(Diario inédito, 1950)
Gabriela fue fuego. Fuego contra toda forma de autoridad hueca. Fuego contra el olvido. Fuego contra el adoctrinamiento. Fuego contra la resignación.
Y eso, ni este gobierno ni ningún otro podrá extinguirlo.
Porque mientras haya quien la lea, habrá libertad.