Héroes

Héroes: “voy a ayudar a mis vecinos”.

Los avisos son reiterados y los llamados a evacuar suenan y resuenan. Es una alarma que informa y asusta al mismo tiempo, un sonido y un peligro anaranjado y mortal. El cielo se oscurece y los gritos se multiplican. Es viernes 2 de febrero en la llamada ciudad jardín o ciudad bella. En un par de segundos los colores dieron paso a una ciudad cubierta de cenizas, una ciudad ya no tan bella y de luto.

El cielo asusta y los vientos son de furia, muchos corren en distintas direcciones, el fuego está absolutamente descontrolado y el aire irrespirable. Con esa vieja tradición familiar heredada de mi abuela me acerco a distintos puntos del incendio hasta que reconozco a Ricardo, un ex alumno que ha crecido y ya no es ese niño tímido de enseñanza básica, me reconoce y naturalmente nos dimos un abrazo. Me cuenta que su casa ahora son escombros. No supe que decirle. Miro al cielo mientras escribo y aparece otro cielo anaranjado, pero esta vez son nubes que nada tienen que ver con fuego. Antes de irse le pregunté a Ricardo “pa dónde vay”. Su respuesta es el título de este texto: “voy a ayudar a mis vecinos”. No supe que decir, salvo un: “cuídate”.

¿Existen los héroes? Sí, y creo que existen con capa y sin capa, y ninguno con superpoderes al estilo de las historietas ni el cine. Los héroes que yo vi en estos días son personas comunes y anónimas movidos por el deseo  de ayudar y la voluntad infinita. Los que usan capa son en realidad distintos uniformes y llegan a la tragedia desde muchas partes de Chile. Sus rostros se ven cansados pero se sostienen en una voluntad de ayudar y salvar vidas. A cada uno de ellos los admiro en silencio y en cada letra escrita, espero sean reconocidos oportunamente, la angosta franja olvida rápido para bien y para mal.

Los héroes sin capa están reflejados en el joven Ricardo, tras perder su casa, sus cosas y parte de su vida decide libremente ir a ayudar, no está solo, otros vecinos corren y se organizan en grupos, hay líderes, hay ejecutores y trabajo en equipo, sin conceptos ni grandes discursos, incluso hay paridad, todos cumplen las mismas funciones. El ser humano tiene la capacidad de organizarse desde lo espontáneo, desde su iniciativa y trabajar en comunidad, nada forzado y lejano a cualquier de colectivismo y consignas de moda. Su gran poder es la voluntad y la solidaridad, hoy remueven los escombros porque las injusticias se combaten con guantes y palas, no desde las redes sociales.

Hay una injusticia enorme, he perdido a un amigo de nombre Vicente de nueve años, él siempre me consideró su amigo en la escuela, en los patios y en su sala, siempre me contaba sus cosas y me entregaba un abrazo, disculpa si no te pude escuchar y abrazar más, estoy en deuda y prometo no olvidarte. Es injusto y doloroso saber que partiste y que no te volveré a ver, aún recuerdo ese día de fiesta escolar con tu traje de batman. Donde estés sigue luchando contra las injusticias y sigue sonriendo como niño, gracias por contarme tus historias y por llegar a clases a pesar de todas las adversidades.

Hoy la adversidad nos golpea, nos atemoriza pero también nos une, vecinos y vecinas no esperan a la autoridad “de cuidados” para trabajar, esa autoridad que recurre a lugares comunes y a promesas que sabemos de memoria no van a cumplir. Nos dicen que no “nos dejarán solos”. No les creo, no les creemos.

En cada calle, en cada barrio y en cada cerro hay esperanza, hay cientos de voluntarios ayudando y siendo solidarios con personas que quizás nunca más vuelvan a ver, hay esperanza por sobre discursos, hay un agradecimiento e incluso risas en los momentos de descanso. Hay una fuerza y voluntad que no logro describir y definir, hay algo misterioso en las comunidades y en el apoyo visto en todos estos días, lo misterioso corresponde a ese mundo donde las palabras y conceptos simplemente no sirven, sólo queda vivirlo. Hay héroes desplegados con y sin capas trabajando en equipo y sin recompensa.

La tragedia del incendio es un tema controvertido con muchos contrastes, hubiese preferido no ver, vivir ni menos tener que escribir lo sucedido. Han pasado unos días, todavía no entiendo la magnitud ni el dolor de lo sucedido, miro a mi alrededor desde mi balcón y la ciudad bella llora las cenizas en sus cerros, esos cerros olvidados donde se ubica la mayoría de la población que trabaja, estudia y es el motor de la actividades de la ciudad, espero que nunca más olviden que Viña del Mar también tiene cerros que existen y hoy sufren.

Las autoridades en distintos grados tienen que asumir los costos y responsabilidades más allá de las intencionalidades del incendio, los cerros no cuentan con planes de emergencia, con zonas seguras, con red de grifos que funcionen adecuadamente, existen un sinnúmero de dificultades y riesgos mortales. Todos los cerros son bombas de tiempo ante incendios que ya son recurrentes. Es un año de elecciones y vamos a escuchar los “ofertones” de turno, los cerros necesitamos seguridad y medidas de mitigación. Necesitamos un despliegue militar efectivo, con mayor presencia y atribuciones ante los robos  y saqueos que comenzaron en paralelo a los avances del fuego.

“Los del cerro” estamos cansados desde antes del incendio ante la impunidad de los “pillos” de turno, necesitamos un Estado eficiente y a la altura sin discursos ni modas, y que no siga creciendo ante una agenda ideológica del gobierno de turno desconectada de los “territorios” y de las personas. Necesitamos saber quién está quemando, matando y causando miedo, quien esté detrás es un criminal y tiene las manos manchadas, que no merece perdón ni olvido. Merece que la ley lo condene de manera ejemplar, basta de excusas desde la sociología y defensores conceptuales. Necesitamos respuestas y acciones concretas de las autoridades locales y nacionales por sobre los diagnósticos, necesitamos más voluntarios y más héroes.

Atte. Rodrigo Ojeda – Profesor de Historia y vecino de Canal Beagle en Viña del Mar.

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Autor de la Columna

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