Cuando inicio un proceso de psicoterapia con un consultante, una de las cosas que primero me gusta abordar con ellos es el tema de las soluciones intentadas. Revisamos con cuidado las distintas estrategias que la persona ha llevado a cabo para lidiar con lo que le aqueja. Naturalmente esas estrategias suelen tener resultados desfavorables en tanto solo proporcionan un alivio en el corto plazo. Por ejemplo, si un persona tiene miedo de sufrir un ataque de pánico en el metro, la lógica mental le dirá que lo recomendable es dejar de usar el metro. Esa decisión reducirá la ansiedad en tanto, supuestamente, es menos probable que ella emerja, pero esta persona se encontrará en aprietos cuando tenga que recorrer largas distancias o cuando algún amigo le proponga reunirse en alguna estación para trasladarse a un evento. La persona que consulta verá sin duda un deterioro en su calidad de vida por tanto evitar situaciones cotidianas. Concluimos, entonces, que la estrategia de no tomar el metro no soluciona el problema de raíz y además trae consecuencias negativas para su vida.

Cuando en 2019 se empezó a hablar de redactar una nueva constitución, pensé que sería un buen tratamiento para aliviar los síntomas de la crisis que estaba padeciendo Chile. Descontrol de la ira y violencia, polarización, descontento, flashbacks recurrentes de un hecho traumático de nuestra historia, desconfianza en los actores políticos y distorsiones cognitivas que convencían a cientos de personas de que había que cambiarlo todo porque todo estaba mal, eran algunos de ellos. 

La Convención se transformó, entonces, en una solución por intentar. Podía resultar ser una estrategia eficaz o una respuesta inútil más que, finalmente, solo perpetuara los síntomas. Su objetivo principal era claro: unir a los chilenos en la famosa “casa de todo”, y las intervenciones que debía llevar a cabo para cumplirlo eran escuchar, dialogar, buscar acuerdos, ceder e integrar. Sabíamos que no iba a ser fácil, pero valía la pena intentar reparar y darnos la oportunidad de avanzar.

Ya han pasado ocho meses desde que se instaló la Convención y me atrevería a decir que los síntomas no solo se han mantenido, sino que se han exacerbado. Pareciera haber más polarización, más gente enrabiada, menos confianza en la política y todo lo contrario a lo que podría ser la reparación de experiencias traumáticas. También me atrevería a decir que la causa de ello es que no se siguieron las instrucciones de la técnica. No se escucha, no se dialoga, no se buscan acuerdos, no se cede. 

Si lleváramos este caso a supervisión clínica, creo que los expertos sugerirían iniciar un nuevo proceso, con un nuevo terapeuta que esté lo suficientemente claro con su objetivo, logre dejar sus juicios de lado y se preocupe de aplicar la técnica recomendada. No podemos simplemente volver a como estábamos antes porque no podemos ignorar los síntomas, pero tampoco podemos permanecer en un tratamiento que nos hace peor. Por esta razón es que apoyo con convicción la campaña NotApruebo del movimiento Libres del cual formo parte. Chile necesita una nueva oportunidad para sanar, porque así como estamos, solo nos mantendremos siendo una sociedad enferma.

Karin Goldberger
Psicóloga clínica

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